Semana Santa en… ¿Murcia?

Por Rubén Molina Martínez,

Te propongo una Semana Santa diferente, más urbana, en mi tierra: la Región de Murcia. «¡Pero si allí solo está La Manga!», piensan muchos. Yo te invito a descubrir que hay mucho más a través de un recorrido por las 3 principales ciudades y sus celebraciones de Semana Santa: Cartagena, Lorca y Murcia, 3 ciudades por descubrir, 3 fiestas declaradas de Interés Turístico Internacional. ¿Te apuntas?

Cartagena: la más solemne

Te llevaré primero a Cartagena, una ciudad portuaria y militar que en los últimos años ha renacido como el referente arqueológico y cultural de la región. Aún recuerdo cuando el colegio nos llevaba de excursión para visitar el submarino de Isaac Peral y algunos restos arqueológicos que se habían sacado a la luz, pero era entonces un lugar gris, deprimido e industrial sin mucho atractivo. Luego surgió el proyecto de intervención turística «Cartagena, puerto de culturas» y se anunció que se trabajaría duro para poner en valor el patrimonio de la ciudad. Pocos imaginaban que se alcanzaría un resultado tan espectacular.

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Plaza de los Héroes de Cavite y palacio consistorial (foto de Rubén Molina Martínez)

Cartagena desde 61€

El puerto, renovado de arriba abajo y revitalizado con la apertura de varios bares y terrazas, es el mejor punto para adentrarse en el casco antiguo, que saluda al mar desde la Plaza de los Héroes de Cavite. En la parte izquierda destaca el edificio modernista del palacio consistorial, que estuvo abandonado durante muchos años y ahora luce elegante sus fachadas cubiertas de mármol blanco y sus cúpulas de zinc. Frente a él, verás un palacete de color salmón, el de Pascual Riquelme, que después de la reforma acometida por Moneo ha pasado a ser el Museo del Teatro Romano de Cartagena. Sí, sé que puede parecer extraño, pero la idea fue aprovechar que el edificio se sitúa justo delante del teatro para acondicionarlo como un «túnel del tiempo»: vas recorriendo la exposición y, casi sin darte cuenta, avanzas por un pasillo que desemboca directamente en el teatro romano por una de las mismas entradas (vomitorios) que hace siglos usaban los habitantes de Cartagonova.

Teatro romano de Cartagena y ruinas de la antigua catedral (foto de Laura Torres Martínez)

Teatro romano de Cartagena y ruinas de la antigua catedral (foto de Laura Torres Martínez)

Sobre el teatro, las ruinas de la catedral de Santa María la Vieja, bombardeada durante la Guerra Civil, crean un conjunto de extraña belleza; y un poco más arriba, te encontrarás con el relajante Parque Torres, coronado por el Castillo de la Concepción y un mirador.

De nuevo en la plaza del ayuntamiento, te recomiendo que antes de continuar hagas una pausa para el café en un bar como El Barril (en la calle del Aire) y pidas un «asiático», el orgullo de los cartageneros: se trata de una deliciosa y sorprendente mezcla de café, leche condensada, brandy Magno, Licor 43 (de producción cartagenera), canela y corteza de limón que se sirve en un vaso de cristal especialmente creado para esta bebida. Después, ya puedes seguir descubriendo la ciudad a través de la ruta modernista (fíjate en el Gran Hotel, uno de mis edificios preferidos) o la ruta arqueológica (no te pierdas el barrio del foro, el Augusteum o los restos de la muralla púnica), e incluso tienes la opción de visitar un auténtico refugio de la Guerra Civil en la calle Gisbert; ver el tesoro de la fragata de Nuestra Señora de las Mercedes en el Museo Nacional de Arqueología Subacuática o dar un paseo en barco por el puerto. No está mal para empezar, ¿verdad?

De cara a la noche, las calles se irán llenando de gente a la espera de ver las procesiones. No importa que seas creyente o no; es una tradición tan arraigada que merece la pena ver cómo se transforma la ciudad al paso de algunos de los desfiles más famosos y la emoción invade al público cuando se cantan las salves cartageneras.

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Procesión cartagenera. Foto: Enrique Freire

Los tambores marcan el paso, y dos cofradías en particular (Californios y Marrajos) compiten por ofrecer la mejor procesión. El día grande de los Californios es el Miércoles Santo, mientras que el de los Marrajos es la noche del Viernes Santo. Ambos son espectaculares, y no por la pomposidad, sino por la delicada sobriedad y la solemnidad que acompañan a los pasos decorados con flores mientras avanzan perfectamente acompasados con las calles del casco antiguo como telón de fondo.

Lorca: la más teatral

Cuando nos acercamos a Lorca es inevitable fijarse en una construcción que domina el horizonte: la Fortaleza del Sol, un enorme castillo medieval (uno de los más grandes de España) que se extiende sobre la cima de un cerro con la ciudad a sus pies y en el que, además, es posible alojarse desde 2012, ya que ese año se inauguró el Parador de Lorca, un espectacular hotel de cuatro estrellas con spa perfectamente integrado en el conjunto.

 

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Castillo de Lorca. Foto: José Lorca

Lorca desde 71€

En el restaurante del hotel podrás disfrutar de la cocina típica lorquina y probar uno de los dulces más famosos: la tortada. A mí, que me encanta la cocina (y, en especial, la repostería), me dejó totalmente enamorado: bizcocho genovés bañado en almíbar con relleno de crema pastelera y cabello de ángel y recubierto con merengue y almendra. ¡Bomba de azúcar, bomba de calorías y bomba de sabor!

Bajo el castillo, tienes el casco histórico de la ciudad, con sus callejuelas salpicadas de palacetes, casonas e iglesias que desembocan en la barroca plaza de España. Para mi gusto, es una de las más bonitas de la región, con el edificio porticado del ayuntamiento, la llamativa colegiata de San Patricio y la silueta del castillo al fondo.

Colegiata de San Patricio. Foto: Víctor Fernández Salinas

Colegiata de San Patricio. Foto: Víctor Fernández Salinas

Y a unos minutos a pie del centro está la avenida Juan Carlos I, que es el escenario de los famosos desfiles bíblico-pasionales de Lorca (el Viernes de Dolores, el Domingo de Ramos, el Jueves Santo y el Viernes Santo). Es complicado describirlos porque son una curiosa mezcla de desfile y representación teatral que transcurre en la mencionada avenida, donde se colocan gradas y focos y se cubre con tierra el asfalto para que puedan circular las carrozas, los carros tirados por caballos y todo el elenco de personajes históricos relacionados de alguna forma con la Biblia (Nabucodonosor, Julio César, las tribus de Israel y muchos más) que se dan cita en esta peculiar Semana Santa.

En las gradas de uno y otro lado verás gente agitando pañuelos blancos y azules: son los dos bandos que enfrentan y dividen a la ciudad, el de la cofradía del Paso Azul y el de la cofradía del Paso Blanco. Otro rasgo identificativo de la fiesta lorquina son los exquisitos bordados de seda que adornan los cortejos y que se han convertido, por su belleza y complejidad técnica, en un elemento fundamental de los desfiles.

Murcia: la más huertana

Finalmente, llegamos a Murcia, la capital de la región y la ciudad en la que he pasado varios años de mi vida.

 

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Calle de Trapería. Foto: Pedro Fernández

Murcia desde 53€

Un buen día de Semana Santa, de esos que amanecen con el cielo despejado y un cálido sol de primavera, puede comenzar desayunando en cualquiera de las plazas del centro, como la de la catedral, la de Romea o la de Santo Domingo. Después, te recomiendo un paseo por las dos principales calles del casco antiguo, Platería y Trapería, cuyos nombres aluden a los gremios medievales que allí ejercían su labor (además, en la calle Trapería está el Real Casino de Murcia, un edificio que debes visitar por dentro sí o sí).

La Gran Vía, una amplia avenida comercial de los años 50 (no demasiado bonita y que sepultó para siempre importantes restos árabes), divide el casco antiguo y esconde al otro lado las dos plazas más famosas para el tapeo: la de Santa Catalina y la de las Flores, con sus naranjos y su alegre fuente. No es la zona más económica (si quieres tapeo barato, dirígete a la zona universitaria), pero sus bares destacan por la calidad de los productos, ya se trate del tapeo más tradicional de El Fénix o del tapeo más innovador de La Tapa o El Pasaje, sin olvidar los pasteles de carne murcianos de la histórica confitería Bonache. Y a todo ello se suma el ambientazo que hay a mediodía, en especial en Semana Santa: las terrazas están llenas a reventar; las mesas se cubren de apetecibles tapas, como las marineras (rosquillas saladas cubiertas de ensaladilla rusa al estilo murciano con una anchoa como colofón) o el pulpo al horno (sí, al horno, tierno y jugoso; si solo conoces el pulpo a la gallega, ya es hora de que amplíes tus horizontes), y el color dorado de las cañas bien fresquitas de Estrella de Levante (hay que tirar para la tierra, ¿no?) se ve realzado por el reflejo de los rayos del sol.

Pastel de carne murciano. Foto: Tamorlan

Después de comer, toca un café; y si eres un amante del elixir negro (como yo) estás de suerte, ya que la ciudad cuenta con dos excelentes marcas: Flor de Jamaica y Salzillo. Tengo mis propias preferencias, pero mejor te dejo que seas tú quien decida. ¿Dónde? En la misma calle Trapería tienes ambas opciones: la mítica cafetería Drexco, que sirve café Salzillo, y la tienda-cafetería de Flor de Jamaica, en la que podrás degustar y comprar sus productos.

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Los Salzillos a su paso por la catedral. Foto: pedropac

Ya al atardecer, cuando la suave temperatura invita a salir a las calles, te empezarás a cruzar con alguna procesión. Personalmente, te recomiendo dos para entender la Semana Santa de la capital: la de Los Coloraos (Miércoles Santo), porque más de 3 000 nazarenos con túnicas bermejas crean un río colorao que inunda todo el centro, y la de Los Salzillos (Viernes Santo), porque todos sus pasos (excepto uno) son obra del genial escultor Salzillo. Ah, y porque ambas usan el estilo procesional típico murciano que data del siglo XVIII:

  • Fíjate en la indumentaria: algunos nazarenos llevan un traje con toques huertanos, que se aprecian en las esparteñas y las medias bordadas. Además, muchos capirotes no acaban en punta, sino que son romos y dejan la cara al descubierto.
  • Fíjate en la barriga: llevan una cuerda atada a la cintura para que el traje forme una bolsa que llenan con caramelos y monas que entregan al público (una costumbre que tal vez deriva de las ofrendas expiatorias que realizaban los nazarenos antiguamente).
  • Fíjate en los instrumentos que acompañan a algunos de los pasos: tambores destemplados y carros-bocina que producen un tipo de música llamado burla (se cree que data del siglo XVII).

Vívelo

¿Has oído eso de que la primavera, la sangre altera? En Murcia ocurre.

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Plaza de las flores. Foto: nano_75

Y si tienes la suerte de que el tiempo acompaña (suele hacerlo), entenderás a qué me refiero. Es una sensación de expectación, un cosquilleo que te recorre por dentro y te anima a lanzarte a la calle y embriagarte de la brisa nocturna cargada de aroma a azahar en cualquier terraza o plaza, mientras cenas o tomas una copa y se te esfuman las horas entre risas. Los días se alargan, el sol empieza a calentar y te sientes colmado de energía. Hasta notas que ya casi puedes rozar el verano con la yema de los dedos, y en tu mente se arremolinan miles de proyectos y planes aún por llegar.

No sé si es porque el paso del tiempo (sobre todo cuando transcurre en el extranjero) adorna las evocaciones o porque la primavera es realmente mágica en mi tierra, pero es así como recuerdo la Semana Santa en Murcia. A pesar de lo que pueda parecer, nunca la he vivido desde el punto de vista religioso, aunque siempre me han llamado la atención las procesiones, por sus implicaciones culturales y por las profundas estampas que se crean al confluir los pasos, el lúgubre acompañamiento musical, la propia arquitectura de la ciudad y el fervor de la gente. Incluso he llegado a percibirlas como algo inherente a la llegada de la estación en la que todo renace, anunciada con clamor por el retumbar de los tambores.

Pero si no terminas de comprender a qué me refiero, quizá sea que las palabras se me han quedado cortas y eres tú quien debe comprobarlo en persona.

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