Marilyn Monroe: glamur y elegancia en el Hotel Ambassador de Nueva York

Por Alba Díaz Carpena,

Pocas estrellas de Hollywood logran convertirse en icono atemporal, de esos que permanecen imborrables en la memoria de la cultura popular. En ese olimpo cinematográfico reservado solo a unos pocos, existe una figura que representa una época, un mito, la sensualidad hecha mujer: Marilyn Monroe. Cuando la actriz decidió trasladarse a la Gran Manzana y hacer de la suite del Hotel Ambassador su nuevo hogar, todavía no era consciente de los cambios que llegarían a su vida tanto a nivel profesional como personal.

“Marilyn siempre soñó con ser actriz. No soñaba con ser solo una estrella. Soñaba con ser actriz. […] Cuando llegó a Nueva York, comenzó a percibir la posibilidad real de alcanzar su sueño de convertirse en actriz.”

Lee Strasberg

Hastiada de trabajar bajo un contrato que no la respetaba como actriz y obligada a interpretar continuamente el rol de rubia tonta, Norma Jeane Mortenson, alentada por su íntimo amigo e influyente fotógrafo de moda Milton Greene, abandonó Hollywood y se instaló en el Ambassador, un emblemático hotel neoyorquino cuya elegancia podía compararse a la de la mismísima diva.

Monroe buscaba pulir su técnica como actriz y ansiaba una mayor libertad a la hora de escoger sus papeles, por lo que, entre las paredes del hotel, fundó con Greene su propia productora de cine, la Marilyn Monroe Productions, de la que saldrían dos de sus mejores trabajos: Bus Stop y El príncipe y la Corista. La actriz y Milton contaron con la ayuda de Ed Feingersh, otro reconocido fotógrafo, para retratar a Marilyn en un entorno desenfadado y cotidiano, totalmente diferente a la imagen glamurosa a la que estaba acostumbrada para, así, proyectar una apariencia más seria y profesional.

El Ambassador se convirtió en un verdadero hogar y Nueva York supuso un soplo de aire fresco en la vida de Marilyn, donde se sentía libre y veía reconocido su trabajo como intérprete. Feingersh la siguió durante una semana allá donde ella iba y la fotografió en situaciones tan comunes como esperando al metro, descansando en su suite u observando Manhattan desde la azotea del hotel. Algunas de las fotografías de Feingersh y Greene salieron publicadas en la época, sin embargo, incontables carretes aún por revelar permanecieron ocultos en diferentes almacenes hasta que, años después y de manera casual, salieron a la luz para mostrar al mundo una, hasta entonces, desconocida Marilyn.

Este artículo forma parte de la serie “El mundo como lo conocemos fue concebido en un hotel”, si quieres conocer más historias interesantes sobre grandes personalidades haz clic aquí.

En la fotografía, Marilyn Monroe disfruta de las vistas de Park Avenue desde su suite en el Hotel Ambassador de Nueva York, demolido en el año 1966.