Nueva York desde Queens con los viajeros de Algo que recordar

Por Algo que recordar,

Lucía y Rubén, de Algo que recordar han viajado a La Gran Manzana, pero lo han hecho de forma diferente. Han decidido alejarse de los circuitos turísticos para vivir la experiencia de los locales en la ciudad que nunca duerme. El Boro Hotel de Queens, un singular hotel de diseño, ha sido el perfecto punto de partida para descubrir Nueva York. Esta es su historia.

Si una cosa tienes clara es que, probablemente, Nueva York sea la única ciudad que ostenta tres títulos interplanetarios no oficiales ni reconocidos:

– Ciudad a la que todo el mundo quiere ir al menos una vez en la vida

– Lugar al que querer volver una y otra vez

– Sitio en el que siempre queda algo por ver o descubrir

Ese frenético bullicio sin horarios; esa infinidad de rascacielos que tapan el sol; esa refrescante oferta en restaurantes, tiendas y museos; esa cantidad de lugares que a cualquiera le suenan por fotos, películas o series… Todo allí es visitable, fotografiable y memorable. Y es que, si los extraterrestres saben de su importancia eligiéndola siempre como punto de partida para conquistar el mundo, los cerca de 136.000 terrestres que visitan la ciudad a diario, también.

Querías quedarte en Manhattan, claro que sí. Se supone que es parte del sueño: visitar la gran manzana quedándote a dormir dentro cual feliz gusanillo. Pero aunque llevas tiempo buscando, lo único que has encontrado medianamente asequible, está en Queens.

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“¡Yo no quiero ir a Queens!” Piensas en un primer instante. Para, a continuación, decidir que nada ni nadie va a estropearte la experiencia. Así que decides cargarte de pensamientos positivos: “ya que voy a tener que vivir en el extrarradio”. Y es que, es sabido que desde el Empire State no se ve el Empire State, así que te intentas animar pensando: “puede que quedarse a dormir en un barrio como Queens, sea una forma paralela e interesante de ver y vivir Manhattan entre horas”.

Y a Nueva York que te vas con tu sonrisa e ilusión puestas y un montón de fotos por hacer.

Los primeros días te puede la impaciencia y la necesidad. Tienes que visitar, sí o sí, en justa y obligatoria peregrinación los imperdibles que Nueva York tiene (y que no hace falta volver a enumerar ahora). Sin distracciones ni tiempo casi para respirar, acumulas todo tipo de rascacielos, avenidas y parques en retina y cámara, así como hamburguesas, bagels y café en estómago y caderas. Con el paso de los días y la satisfacción del deber cumplido, empiezas a relajarte.

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La vuelta diaria a Queens se convierte en una bocanada de aire fresco para escapar de esa frenética vitalidad que te engancha y te come a partes iguales. Poco a poco te vas fijando en todo lo que te rodea. Sea persona, animal o cosa. Sigues en una película, claro que sí. Pero no en una de gánsters, zombies o brokers. Te adentras en una de esas familiares en las que tu vecino te invita a una barbacoa.

Te empiezas a preguntar qué habrá en Queens y decides pasear un rato de camino al hotel para encontrar así alguna respuesta. Tus pies aún tienen fuerzas para enseñarte algunas encantadoras calles de apacible tranquilidad. Te paras a mirar con detenimiento un par de casas, de esas de dos alturas con grandes ventanas, y casi te atreves a lanzar una pequeña piedra para ver si alguien se asoma. Rodeas enormes patios que querrías saltar de uno en uno apoyando una mano en la valla de madera que los decora. Saludas a todo aquel que te cruzas y que va o viene sin mucha prisa de hacer la compra.

Y así, después de un breve paseo nocturno, te enganchas a “tu barrio”. Tanto, que decides dedicarle el día siguiente (que evidentemente era para Manhattan), a Long Island.

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Como no hay agenda que seguir, sino sorpresas que encontrar, te levantas sin prisas ni despertador. La primera, la descubres al parar y reparar durante un rato en las vistas que tiene tu habitación. Habías echado un ojo, claro, pero no habías disfrutado de los múltiples detalles. Después de un desayuno a cámara lenta, te lanzas a ver qué más encuentras alrededor de tu centro de operaciones.

Entre parques y lavanderías self service, te topas con el Museo de Arte en Movimiento. Aunque entras con poca fe, te hipnotizan todas sus reliquias audiovisuales y exposiciones interactivas. A las dos horas, tu estómago interrumpe el idilio y te saca de allí hasta una hamburguesa del The Strand Smokehouse en la calle Broadway, que te devuelve la energía que te faltaba para seguir devorando calles.

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La casualidad, que suele ser fiel compañera de la curiosidad, te lleva hasta el MoMA PS1. El apéndice del famoso MoMA a secas, resulta ser una de los espacios más grandes dedicado exclusivamente al arte contemporáneo de los Estados Unidos. Casi sin recuperarte del impacto que te supone tanto la visita como el desconocimiento de la existencia de tan especial lugar, te encuentras de frente con el Court Square Diner. Uno de esos típicos restaurantes americanos que están en vías de extinción. Sin pensarlo, y aunque no tienes mucha hambre, entras y te pides unos panqueques con café. En la tele hay beisbol y suena música country (o eso te parece). Ahora sí que sí, estás dentro de una película.

Entregado a la tarde, te adentras en la 46th Ave. como podrías haber elegido cualquier otra calle y sigues descubriendo rincones como la bolera The Gutter Bar LIC y la fábrica de cerveza Rockaway Brewing Company. Así, hasta llegar sin querer queriendo al antiguo y emblemático cartel de Pepsi que preside el East River. Como las sorpresas no acaban aquí, reparas en los cuatro miradores que, sobre el río, te tienen preparada la traca final: atardecer con skyline incluido.

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Está claro que, si desde el Empire State no se puede ver el Empire State, desde Manhattan, tampoco se puede ver Manhattan. Y tú, por haberte quedado en Queens, no solo la tienes a los pies de tu habitación, sino que la has vivido como los 9 millones de personas que van allí a diario a trabajar: yendo y volviendo. Como parte importante de su día a día, sí, pero no como única protagonista de la ciudad de Nueva York.