Un apasionante viaje por la España más literaria

Por Raúl Bar,

La verdad es que nunca pensé que podría atreverme a contar esta fascinante historia que tiene como protagonistas a los dos escritores más universales: William Shakespeare y Miguel de Cervantes. Me la contó en su día un camarero que fue testigo del encuentro. Aun cuando la recuerdo, no puedo evitar sonreír. ¡Qué grandes! Los protagonistas llevan a cabo un viaje por la España literaria más apasionante que los llevará a descubrir ciudades como Valladolid, Salamanca, Madrid, Níjar y Sevilla.

ColoquioPerros_HotelValladolid

Tras servir un café con leche y un té verde acompañado de unas galletas de mantequilla en la terraza del hotel El Coloquio de los Perros (Valladolid), el camarero se retiró y se colocó detrás de la barra para seguir secando las copas. No obstante, no podía dejar de mirar la particular vestimenta de aquellos dos hombres. El camarero, de cuyo nombre no quiero acordarme, pensó que se trataba de una nueva tribu urbana. Hipsters, fofisanos y ahora llegan los: “vivo en el siglo XVI”.

─ Entonces, cogemos el tren de las 11:30.

─ Sí, ¿lo tiene todo preparado para emprender el viaje?

─ Creo que sí, mi baúl es cuasi imposible de alzar.

─ Entonces vayamos a descansar. Nos espera un largo viaje.

Cuando entraron en el hotel El Coloquio de los Perros descubrieron un edificio con diferentes piezas reconstruidas que recuerdan a tiempos añejos, tiempos que a pesar de que ellos no vivieron les resultan extremadamente familiar.

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Ya en la habitación descubrieron una cama que les recordaba a una nube y un completo baño con una bañera protagonizando la escena. Mientras Shakespeare optó por un espumoso baño relajante, Cervantes en su habitación cayó rendido en los brazos de Morfeo. A la mañana siguiente, tras un reparador descanso y un completo desayuno continuaron con su viaje. Próximo destino: Salamanca.

CastillaLeon

Durante el trayecto en tren que los llevó de Valladolid a Salamanca pudieron contemplar los paisajes de Castilla y León. Mientras la mirada de Cervantes se perdía en el horizonte, Shakespeare, nervioso, tomaba notas ¿tal vez estaba en proceso de creación del nuevo éxito literario mundial? Un muchacho gritando los interrumpió: “créame, no me he comido la longaniza, había ido a por el vino”. No obstante, decidieron no prestar atención a lo que estaba sucediendo.

Tras una hora de trayecto, una locución les anunció la llegada a Salamanca. Tras recoger su equipaje, se bajaron del vagón y se detuvieron por un instante en el andén para acomodar el equipaje. Los ojos de Cervantes fueron a parar al muchacho que gritaba en el vagón que en esta ocasión presentaba un aspecto desaliñado, ropa parcheada, tez sucia y que pedía limosna. El autor se percató que un hombre miraba al joven muchacho escondido detrás de un muro con especial interés. “Mundo de locos” dijo para sí mismo.

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Una vez llegaron al centro de Salamanca, descubrieron un entorno del que se enamoraron. Llegaron a la Plaza Mayor de la ciudad y tras alzar la mirada y quedarse anonadados con la maravillosa arquitectura, procedieron a pasear por sus callejuelas hasta encontrar una taberna en la que decidieron parar a descansar y a saciar el apetito. En la mesa la chanfaina, el hornazo  y una botella de vino tinto eran los protagonistas. Tras un reposo de la comida, decidieron ir a conocer los tesoros de Salamanca: la Catedral Vieja y Nueva de Salamanca, la Casa de las Conchas y la Casa Lis. Tras un exhausto paseo, fueron al Hotel Hospes Palacio de San Esteban.

HospesPalacioSanEsteban

Una vez subieron las maletas a sus habitaciones, decidieron dejarse llevar por la cocina castellana en el restaurante El Monje, situado en el propio hotel. Cervantes decidió explicarle a Shakespeare los matices de los sabores que estaban probando como la longaniza, la morucha o atreverse a probar truchas pescadas en el río Tormes. Todo esto acompañado de una buena hogaza de pan y una botella de vino. Cuando finalizaron el ágape, el camarero se dirigió a Miguel de Cervantes y le dejó una misiva, cuyas primeras palabras fueron:

Pues sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. […]

El célebre escritor manchego, absorto, leyó más de 30 páginas mientras Shakespeare disfrutaba con una copa de whisky escocés uno con ligeras notas a jengibre y enebro. Ya entrada la madrugada, decidieron que les esperaban sus habitaciones:

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Habitaciones en la que colores tierra y materiales nobles como la madera eran los auténticos protagonistas, habitaciones que, sin lugar a dudas, invitan a soñar y a que el descanso sea reparador. A la mañana siguiente Shakespeare despertó y el reloj marcaban las 11:03. De repente empezó a indagar en aquellos aparatos que había en su habitación como los botecitos de jabón que, tras ducharse, le dejaron un pelo limpio y sedoso. En la habitación contigua, Miguel de Cervantes llevaba despierto desde hacía dos horas y le estaban dando un masaje para aliviar las contracturas cervicales.

─ William he descubierto esto y es una maravilla. Debería probarlo.

─ Tonterías. Yo voy a romper el ayuno. Le espero en la terraza.

─ Luego nos vemos.

DesayunoHospesPalacioSanEsteban

Shakespeare antes de abandonar la habitación de Miguel de Cervantes decidió coger las cartas que Lázaro de Tormes le hizo llegar al manchego y se propuso leerlas durante el desayuno. Cuando el  nacido en Stratford-upon-Avon llevaba un par de páginas leídas, apareció el manchego:

─ William, no tengo ni idea de quién es este tal Lázaro de Tormes.

─ Su historia es triste, Miguel. 

─ Sí, me impactó mucho. ¿Cuándo debemos seguir con nuestro viaje? 

─ El tren sale en dos horas. Podríamos ir preparando el equipaje.

─ El mío está preparado. 

Shakespeare se levantó mientras daba el último mordisco a sus tostadas con tomate, aceite y jamón de Guijuelo y se dispuso a preparar su valija. El célebre británico decidió anticiparse y coger el equipaje de su compañero de viaje para así poner rumbo hacia Madrid.

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A Madrid llegaron ya casi al caer la noche por lo que fueron directamente al hotel Posada del Dragón que fue propiedad de la Villa de Madrid, se remonta a la época de los Reyes Católicos y a comienzos del siglo XVI era una alhóndiga (un granero municipal). Cuando entraron a sus habitaciones, el color inundó sus retinas. Shakespeare tenía una habitación azul y Cervantes una en tonos verdes:

Collage (1)

Tras dejar el equipaje, procedieron a conocer la zona. “Chocolatería San Ginés” llamó la atención del británico:

─ Mañana desayunemos aquí Miguel. Parece un buen lugar para hacerlo.

─ No podría estar más de acuerdo.

Tras deambular por las calles madrileñas entraron en una modesta taberna en el callejón del Gato, se sentaron en la barra y pidieron suculentos platos: patatas bravas, bocadillo de calamares y cervezas. Mientras disfrutaban de estos manjares, un hombre, en aparente estado de embriaguez se lamentaba:

─ Nunca podré dedicarme a mi verdadera pasión: la escritura. En esta sociedad, están mejor visto los canallas que no los honrados trabajadores. Este país se desmorona.

Las lamentaciones del hombre se mezclaban con las risas de un grupo de jóvenes y la admiración de los escritores por lo que estaban comiendo. Realmente, nadie estaba prestando atención al lamentado. De repente, se gira hacia los escritores:

─ Hola. Disculpad mi estado. Pero la sociedad se marchita.

─ No se preocupe. ¿Cómo le llaman? – le inquirió Cervantes.

─ Me llamo Max.

─ Yo soy Miguel y él es William, un buen amigo.

─ Brindemos.

Tras una larga conversación, los escritores decidieron poner rumbo al hotel. Al día siguiente, tras desayunar porras y un buen chocolate caliente, decidieron dar un paseo y llegaron al alternativo barrio de Malasaña. Ahí algo llamó la atención de Shakespeare: una multitud que rodeaba una ambulancia. Tras acercarse, vieron salir a los sanitarios con un cuerpo en una camilla. Era Max, el hombre al que habían conocido ayer. Las vecinas decían que había llegado muy bebido a su casa ayer. Los escritores, algo afectados, decidieron marcharse cuanto antes de lugar, no sin antes descansar un poco en la habitación del hotel.

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Autor: Rokenublo

Tras una breve siesta, decidieron poner fin a su viaje en la capital y poner rumbo a Sevilla.

─ Buenos días, quisiéramos coger un tren para llegar a Sevilla.

─ De acuerdo. El AVE sale en 15 minutos.

Sería la primera vez que probaran la Alta Velocidad. Tras subirse al tren, éste arrancó. Cervantes y Shakespeare compartían impresiones sobre el paisaje y sobre lo que más le inquietaba: la carta de Lázaro de Tormes. Shakespeare le insistió en no preocuparse. Tras dos horas de trayecto, llegaron a Sevilla:

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─ ¿Por qué hemos venido hasta Sevilla, Cervantes?

─ Verá, padezco neguijón en las muelas. Un buen amigo me dijo que aquí hay un experto en la extracción de estos gusanos. Pero antes, necesito ir al excusado.

─  El hotel está a dos calles. 

─ Vayamos pues.

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Al entrar en la habitación del hotel Casa del Poeta vieron una luminosa estancia en el que los colores neutros eran los auténticos protagonistas. Mientras Cervantes aliviaba su vejiga, Shakespeare descansaba en un sillón de estilo Luis XVI.

Tras ésto, se pusieron en marcha hasta encontrar al especialista que los atendió en una lúgubre habitación, cuasi en la clandestinidad y sin ningún tipo de método que garantizara la higiene.

─ Tendremos que arrancar la muela.

─ Cuanto antes empecemos, antes marchamos.

Shakespeare, al visualizar la herramienta que iba a utilizar el especialista sobre Cervantes se echó a temblar: el descarnador. Pues una vez que arrancaban la muela, te permitía descarnar la zona hasta arrancar todos los trozos de la raíz, limpiando completamente la encía. Los gritos de dolor se oían, seguramente, a más de cinco cuadras de distancia.

Tras la intervención,  decidieron disfrutar de Sevilla y de la gastronomía andaluza: gazpacho, pescaíto frito y rabo de toro fueron algunos de los protagonistas del almuerzo. Después, decidieron disfrutar del hotel Casa del Poeta que te transporta por la historia de un edificio del siglo XVII restaurado y que está a tan solo un pequeño paseo de los Reales Alcázares.

A la mañana siguiente marcharon a la última parada de su viaje: Níjar.

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Cuando llegaron a Níjar una estampa de pueblos blancos les sorprendió. Aprovecharon el paseo para hacerse con productos de espartería: necesitaban más espacio para guardar todo lo que llevaban consigo. Tras esto, descubrieron la herencia árabe de Níjar en los aljibes, la alfarería o en la iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación, que les resultaba extremadamente familiar, pues data del siglo XVI.

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Posteriormente, decidieron ir a reponer las fuerzas al hotel Calagrande. Empezaron en el restaurante Mandrágora en el que degustaron productos de la zona y lo maridaron con un buen vino. Tras ello, decidieron subir a sus habitaciones para cambiarse de ropajes y volver al centro de la ciudad.

Después de un corto paseo decidieron saciar la sed que causaba el calor andaluz y pararon en un bar y encargaron dos cañas. Entre ronda y ronda, la gente en las terrazas charlaba animadamente. En ese momento, entró un señor muy apresurado preguntando por un teléfono público y procedió a hacer una llamada:

─ Operadora, con Margarita Xirgú.

Tras una breve espera, parece que había alguien más al otro lado del teléfono:

─ Hola Margarita, tengo una historia. Nuestra historia. La que vas a protagonizar. Narra la historia de Francisca Cañada Morales, que se fugó con su primo horas antes de casarse. Eso es, es un hecho real.  

En la terraza, seguían charlando nuestros protagonistas:

─ Bueno William, ¿después de esto qué va a hacer? 

─ Le invito a que haga un recorrido por los escenarios de las principales obras de los clásicos de la literatura británica.

─ Cojo su palabra. ¿Tendremos que esperar otros 400 años? Espero haber sido buen anfitrión.